Recuerdos
Aunque yo nací en Buenos Aires, mi primer recuerdo de la infancia se remonta al que viví en San Ignacio, provincia de Misiones al año de edad.
Yo tenía como era costumbre entre la mayoría de las familias, una niñera jovencita, casi una niña que me cuidaba. Pero como se verá, no muy atentamente, sobre todo en esas pesadas tardes de provincia.
No recuerdo en que momento, pero si algo del paisaje, una casa enorme con patio de tierra muy grande y que lindaba con un terreno no cultivado, pero lleno de malezas lujuriantes como sólo Misiones puede darse el lujo de tener.
El patio, si cierro los ojos puedo verlo, vacío de plantas y árboles y con una gran tranquera
Que tenia un guarda-ganado de hierro que impedía pasar las finas patas de los animales pues no les dejaba apoyar las patas. Cerca debía estar la infaltable vaca que me proveería de alimento infantil.
Estos son recuerdos muy vívidos, lo mismo que el momento, una tarde de sol, el silencio y la imagen pasa ahora a mi persona, seguramente gritos desde la vivienda, y luego mi padre retando a la chiquilina pues se había descuidado mientras yo silenciosamente había cruzado el guarda-ganado y estaba casi llegando a la espesura de la selva lindante.
Ese fue mi primera aventura solitaria, seguramente con las rodillas sucias de la tierra colorada que distingue a Misiones. No se si desnudo o con un breve ropaje, pero feliz de haber logrado acercarme un poco a mi proveedora de leche.
El siguiente recuerdo es en la misma casa, pero unos años después. Como era costumbre en los lugares aislados la gente iba especialmente de noche, armada. Yo nunca vi a mi padre con ningún arma de fuego, pero a raíz de lo que sucedió, recuerdo que tenía una cachiporra
Que era un hierro cilíndrico, de unos treinta centímetros de largo, cubierta con un caño rojo de goma. Era, a mi parecer, un arma formidable en manos adecuadas, pero dudo que mi padre tuviera entrenamiento suficiente para usarla.
Parece que una noche se oyeron ruidos extraños en el mismo patio de nuestra casa. Mi recuerdo comienza cuando siguiendo a mi padre que se había despertado, y con él toda la familia, lo vi empuñar la famosa cachiporra, y perseguir una sombra en el patio totalmente a oscuras. Un ruido extraño, movimientos, golpes de cachiporra y el ruido inconfundible de una vaca corriendo por el patio.
Cuando mi madre trajo una linterna, la risa fue general. El malhechor seguramente dolorido no volvió a cruzar el guarda-ganado protector, por las dudas.
Yo tenía como era costumbre entre la mayoría de las familias, una niñera jovencita, casi una niña que me cuidaba. Pero como se verá, no muy atentamente, sobre todo en esas pesadas tardes de provincia.
No recuerdo en que momento, pero si algo del paisaje, una casa enorme con patio de tierra muy grande y que lindaba con un terreno no cultivado, pero lleno de malezas lujuriantes como sólo Misiones puede darse el lujo de tener.
El patio, si cierro los ojos puedo verlo, vacío de plantas y árboles y con una gran tranquera
Que tenia un guarda-ganado de hierro que impedía pasar las finas patas de los animales pues no les dejaba apoyar las patas. Cerca debía estar la infaltable vaca que me proveería de alimento infantil.
Estos son recuerdos muy vívidos, lo mismo que el momento, una tarde de sol, el silencio y la imagen pasa ahora a mi persona, seguramente gritos desde la vivienda, y luego mi padre retando a la chiquilina pues se había descuidado mientras yo silenciosamente había cruzado el guarda-ganado y estaba casi llegando a la espesura de la selva lindante.
Ese fue mi primera aventura solitaria, seguramente con las rodillas sucias de la tierra colorada que distingue a Misiones. No se si desnudo o con un breve ropaje, pero feliz de haber logrado acercarme un poco a mi proveedora de leche.
El siguiente recuerdo es en la misma casa, pero unos años después. Como era costumbre en los lugares aislados la gente iba especialmente de noche, armada. Yo nunca vi a mi padre con ningún arma de fuego, pero a raíz de lo que sucedió, recuerdo que tenía una cachiporra
Que era un hierro cilíndrico, de unos treinta centímetros de largo, cubierta con un caño rojo de goma. Era, a mi parecer, un arma formidable en manos adecuadas, pero dudo que mi padre tuviera entrenamiento suficiente para usarla.
Parece que una noche se oyeron ruidos extraños en el mismo patio de nuestra casa. Mi recuerdo comienza cuando siguiendo a mi padre que se había despertado, y con él toda la familia, lo vi empuñar la famosa cachiporra, y perseguir una sombra en el patio totalmente a oscuras. Un ruido extraño, movimientos, golpes de cachiporra y el ruido inconfundible de una vaca corriendo por el patio.
Cuando mi madre trajo una linterna, la risa fue general. El malhechor seguramente dolorido no volvió a cruzar el guarda-ganado protector, por las dudas.

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